Antonio Alonso Madero, en persona

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Nació el 13 de mayo de 1936, año especialmente señalado por otros motivos. Vio por primera vez la brillante luz de la ciudad de Cádiz por estar allí destinado su padre, Francisco Alonso Moya, como abogado del Estado español.

Su infancia transcurrió en distintos lugares de gran belleza como La Laguna o Cuenca, siguiendo las etapas profesionales de su padre, quien accedió finalmente a una plaza en Madrid. Entre sus objetivos destacaba dar a sus hijos una esmerada educación de manera que inscribieron al aplicadísimo Antonio en la Institución Libre de Enseñanza. De aquellos años guardó el mejor recuerdo y se forjó un europeísta muy hispánico, con marcado interés por las artes.

Mientras cursó Derecho en la recién estrenada facultad de Derecho de la Complutense, Antonio pasaba las horas muertas en los más variados museos madrileños como el Prado, el Arqueológico, el Cerralbo, el Nacional de Artes Decorativas o el Lázaro Galdiano. Fue un estudiante muy brillante que despuntó especialmente en Derecho Internacional Público y Privado, lo cual presagiaba su pasión por la diplomacia y la integración en Europa de una España a la que mucho amaba. Su interés por la cosa pública era proverbial y casi genética pues perteneció a un extenso linaje de juristas adscritos a los principales cuerpos administrativos del Estado.

De su época de estudiante contaba lo siguiente : en un ambiente universitario muy formal por aquellos años cincuenta, organizó con sus compañeros un turno de «ausencias» para aliviar un poco el posible encorsetamiento del horario y poder así recorrer más a menudo los museos. Su padre fue también un gran lector y tenía abierta una cuenta en una de las grandes librerías de Madrid a donde Antonio acudía frecuentemente sin que le resultara en absoluto gravoso.

Los veranos Antonio los pasó siempre en la Mancha Alta, practicando la caza y cultivando relaciones familiares con parientes que vivían con arreglo a esquemas de autarquía propios del siglo XVIII. Concretamente la familia Madero —de la cual surgió el gran presidente de México Francisco Madero, que allí denominan el apóstol de la democracia— mantiene hasta hoy unos vínculos de solidaridad dignos de mención.

Pese a proceder de una familia muy arraigada al terruño, escogió la carrera diplomática y se convirtió en joven pionero de una andadura que resultó esencial para la evolución de España: su progresiva apertura comercial y diplomática con vistas a su adhesión a las entonces Comunidades Europeas. La transición política completaría después este proceso irreversible y beneficioso para todos los españoles.

Tras estar destinado un tiempo en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en 1965 el gran embajador Alberto Ullastres le llamó a formar parte del equipo negociador del acuerdo previo a la Adhesión de España a las Comunidades Europeas que se firmaría finalmente en 1970. Antonio Alonso fue consejero diplomático de la Misión España cerca de la Comunidades. Trabajaron con muy pocos medios materiales pero enorme tesón. De aquella época queda el recuerdo de llegar a trabajar dos jóvenes diplomáticos sentados en un sofá, escribiendo notas manuscritas apoyándose cada cual en uno de sus brazos.

Desde el punto de vista familiar, el 30 de marzo de 1966 Antonio se casó con una joven y bellísima licenciada en Ciencias Políticas, Rosario Pérez-Villanueva. Su flamante esposa, muy ducha en letras, también lograba domar las cifras, pues aprobó a la primera una dificilísima oposición de estadístico facultativo para el recién fundado Instituto Nacional de Estadística de España.

En 1967 nace su primera hija, casi con las doce campanadas de fin de año, a la que llaman María al igual que sus dos abuelas. En 1968, fallece repentinamente el padre de Antonio en acto de servicio y, pocos meses después, la joven pareja se traslada a Bruselas en pleno duelo pero a la vez muy ilusionada también. Son meses de desgarro personal y de esfuerzo por descubrir una Bruselas en la que los españoles emigrantes o exiliados predominan en la colonia patria. En 1971 nace su hija Rosario y en 1976 Teresa. Son todos preciosos nombres castellanos, escogidos con sumo cariño.

Durante esta primera etapa bruselense Antonio empieza la colección de jarrones y otras piezas de cristal que nos ocupa. La primera pieza la compró en realidad su esposa Rosario en 1970 como regalo de Navidad para su madre. Se trata de una pieza belga de Val-Saint-Lambert, muy elegante, que cautiva inmediatamente a Antonio, proponiendo quedársela y buscar otro obsequio navideño. Durante los fines de semana, Antonio y Rosario, faltos de familia en sentido amplio, se dedican a curiosear en anticuarios y mercadillos. Visitan también innumerables veces los museos belgas y europeos de artes decorativas hasta hacerse expertos en el arte del cristal europeo, especialmente de entreguerras.

En 1975 Antonio y su familia vuelven a España tras su largo destino en el exterior. Se dedica entonces un tiempo al ejercicio libre de la profesión liberal y de ahí pasa a ser el hombre del Mercado Común en la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE). Gran orador, durante una década pronuncia continuamente conferencias en casi todas las capitales de provincia y ciudades importantes de España para ayudar a las empresas a adaptarse y conseguir ser competitivas tras la anunciada adhesión.

Simultáneamente promueve en 1977 junto con el embajador Ullastres los reputados cursos de integración europea que se imparten en la Escuela Diplomática tanto a los jóvenes diplomáticos como a escogidos jóvenes profesionales. Invitan a numerosos catedráticos europeos y a altos funcionarios comunitarios formando así una cantera de la que saldrán generaciones sucesivas de funcionarios españoles en las instituciones europeas, llenando así un gran vacío pues las universidades españolas no dispensaban todavía cursos de Derecho, Política o Economía europea.

A finales de 1985, meses antes de la entrada en vigor del Tratado de Adhesión de España que se produjo el 1 de enero siguiente, Antonio publicó en la editorial Espasa Calpe un libro testimonial titulado España en el Mercado Común : del Acuerdo del 70 a la Comunidad de los Doce. El acto de presentación organizado en la Escuela Diplomática reunió a lo más granado de la Comisión Europea y de las instituciones públicas españolas. Tuvo gran repercusión en la prensa, dando un giro a la carrera profesional y a la vida familiar de Antonio, pues le propusieron entrar a formar parte de la primera hornada de funcionarios de la Comisión Europea como director del Servicio de Interpretación. A continuación fue director del Servicio de Traducción, puesto que ocupó hasta su jubilación en 2002.

Antonio simultanea su intensa labor de director con la plantación de miles de olivos en su región natal y la paciente construcción de la Colección Alonso. Ambas realizaciones constituyen la impronta viva de una persona con enorme tesón y grandes sueños. En efecto, la Colección Alonso es un ente autónomo con vida propia desde que en 1999 se expusiera por primera vez al público en la sede que tiene en Bruselas el Instituto Cervantes. A continuación ha sido expuesta en La Granja de San Ildefonso, Santillana del Mar, Gante, Rotterdam y en territorio japonés, a través de la Embajada de Japón ante el Reino de Bélgica. Desde 2004 gran parte de la Colección está expuesta en el Design Museum Gent.

De vuelta a España, Rosario fallece prematuramente el 13 de noviembre de 2002 dejando un hueco muy doloroso y el recuerdo de una gran persona. Antonio se instala en Segovia, donde transcurren los últimos años de su vida en un marco incomparable y rodeado de muy fieles amigos. Fallece el 30 de marzo de 2011, precisamente el día de su 44 aniversario de bodas.